Iker se ganó el respeto en Europa

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El 24 de mayo de 2000, un niño llamado Iker Casillas se colocó titular en la misma portería de Saint Denis en la que un tal Zidane había marcado dos años antes los goles que tumbaron al Brasil de Ronaldo y Roberto Carlos en la final del Mundial. El chaval, que cuatro días antes había cumplido 19 años, estaba tan tranquilo como un maitre del Ritz sirviendo tapas en la Plaza Mayor. Ni Piojo López ni Mendieta le alteraron el pulso. Dejó su portería imbatida y ganó su primera Champions a ritmo de jazz. Dos años después le tocó bailar con la más fea. Suplente de César por una suicida consigna de vestuario. El niño tuvo que apechugar el último cuarto de hora cuando los alemanes del Leverkusen se lanzaron a tumba abierta para esterilizar el sueño de la Novena. Cuatro paradones a lo Gordon Banks. Héroe. Dos Copas de Europa y sin bigote...
Por eso creo que cada vez que llega una noche europea al Bernabéu hay que ponerse de pie cuando habla la criatura. Él solito hizo despertar el espíritu de Juanito tras aquel sonrojante 6-1 de Zaragoza. Casi se sale con la suya. El niño ya es un hombre, tiene novia formal y ya sabe que, a pesar de que su experiencia personal diga lo contrario, los niños no vienen de París. Casillas lleva 87 partidos de Copa de Europa a cuestas (lo de Champions suena a champán francés) y antes de que nos demos cuenta ya habrá alzado su tercera corona. Como es vitalicio, en 2017 se retirará con seis, como el gran Gento.



