El holandés dejó de ser errante

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Ubiquémonos hace cinco semanas. Robben estaba recién salido de su enésima lesión. Titular ante el Alicante en el Bernabéu. Marcó un golazo de volea, el 1-0, pero la afición lo despidió con frialdad. Un día después compartimos mesa en el Asador de la Esquina con la cúpula deportiva del club. Pregunta inquisidora: "¿De verdad Robben vale 36 millones de euros?". Una voz surge con autoridad. La de Carlos Bucero, mano derecha e izquierda de Mijatovic: "Arjen acabará haciendo olvidar su precio como ya hizo Pepe. Robben, con continuidad, será una de las estrellas de la temporada. Es de los mejores del mundo en el uno contra uno y desborda y pasa como nadie". Le miramos entre la admiración por su fe en un futbolista tan inconstante y la misericordia por creer que estaba sobreactuando para defender con sentido de empresa la arriesgada apuesta que hizo el Madrid en verano.
Pasado el tiempo he descubierto que Bucero conocía de sobra al holandés, que empezó errante y acabará caudillo. Me atrevo a afirmar que después de Messi es el hombre de banda más desequilibrante de Europa. Robben se matriculó en Roma, donde anticipó la jubilación de Panucci. Llegó bajo sospecha por ser hijo de una promesa electoral, pero su talento ya emerge para tranquilidad de Calderón, Mijatovic y Schuster. Robben, bienvenido al gran Madrid



