La llama pierde romanticismo
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Olimpia se reforesta para el encendido de la llama que presidirá los Juegos Olímpicos de Pekín. Una ceremonia emotiva en recuerdo del fuego que permanecía encendido por su carácter sagrado durante la celebración de los Juegos de la antigüedad. Hago hincapié: de la antigüedad. En los modernos Juegos, aquellos que datan de 1896, no había llama olímpica. No la hubo hasta los Juegos de Amsterdam en 1928, cuando se le ocurrió la idea a Jan Wils, diseñador del estadio. Y hasta ocho años después, en los Juegos de Berlín de 1936, no se incorporó el recorrido de la llama desde Olimpia hasta el lugar de celebración de los Juegos. Entonces se hizo a pie, portada por 3.075 relevistas, a razón de un kilómetro cada uno.
Ahora el recorrido de la llama nada tiene que ver con la idea original. Se enciende en Olimpia (hay otra de reserva prendida días antes por si el sol no luciera en la ceremonia) pero se traslada en avión e incluso viaja de continente a continente vía satélite a través de impulsos eléctricos. Recorre el mundo por itinerarios rarísimos que traza el comité organizador de los Juegos respondiendo a intereses de patrocinadores o para devolver favores. Este año, por ejemplo, para en Kazajistán, Omán y Tanzania; va de San Petersburgo a Londres en un día y de Londres a París en otro. Recorrido a pie, poquito. El justo para llegar, posar para la foto y salir corriendo hacia otra ciudad. Pues eso es cambiar el romanticismo de un símbolo por el mercadeo.




