Bienvenido, monsieur Tsonga

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El Abierto de Australia siempre nos sorprende a primeros de año. De repente, con nocturnidad y alevosía, algún inesperado espontáneo salta a la final. En los últimos tiempos se colaron Carlos Moyá, Arnaud Clement, Thomas Johansson, Rainer Schuettler, Thomas Enqvist, o el más reciente y risueño chipriota Marcos Baghdatis cuando no contaban de primeras. Unos siguen brillando, otros se apagan. Ahora le ha tocado el turno a Jo-Wilfred Tsonga, que casi a estas alturas del año pasado estaba jugando torneos en Sarajevo o Lanzarote (donde ganó, por cierto) en busca de los puntos necesarios para acceder a los cuadros de los torneos grandes. Gradas vacías, muchos kilómetros con poco dinero y la vista puesta en asaltar un día el estatus establecido.
Pues ha llegado su hora. Después de curar una hernia discal, perder kilos y ajustar su potencia parece destinado a dar guerra, algo que le vendrá bien a un panorama excesivamente centrado en Nadal y Federer y que ya había animado Djokovic en 2007. El francés tiene todos los ingredientes para ser un animal mediático: por su parecido con Ali, por su valentía ante los micrófonos ("¿Nadal? tiene dos brazos y dos piernas como yo"); por las imágenes de su padre, emigrante congoleño, celebrando sus puntos en el modesto club de Le Mans donde creci por su tenis de músculo con golpes como directos al mentón. Francia ya le idolatra y Sarkozy le anima (y le agradece que haya dejado su affaire con Carla Bruni en un segundo plano). "Ha nacido una estrella", dice Courier. Bienvenido, monsieur Tsonga.



