Yo digo Juan Mora

¡Qué pena Marion Jones!

Juan Mora
Importado de Hercules
Actualizado a

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Es difícil imaginarse a Marion Jones en una celda. Su cara bondadosa, aniñada, siempre risueña... Ya sabemos que hizo trampas, que de heroína pasó a villana, aunque por el solo hecho de acercarse a las marcas de Florence Griffith alimentaba todo tipo de sospechas, que cayó en desgracia y hasta tuvo que vender su mansión de Carolina del Norte, valorada en 2,5 millones de dólares, para hacer frente a los honorarios, indemnizaciones y gastos de los juicios del caso Balco. Juicios que fue perdiendo y que han terminado de la peor manera posible: condenada a seis meses de prisión. No por doparse, sino por mentir en su momento a la justicia. Años más tarde confesó toda la verdad. Pero eso no fue suficiente para que se librara del perjuro.

Así de mal pueden acabar las historias de dopaje. Aunque aún peor han acabado otras bien conocidas, con el resultado de muerte. Y la víctima siempre es la misma: el deportista. Se mete en una red de la que luego resulta difícil salir. Al final todo se acaba enredando y cuando esto sucede el deportista se queda solo. Solo antes los comités de disciplina, solo ante la opinión pública, solo ante la justicia. Ya ven a Marion Jones. Ha caído con estrépito. De la atleta que fue no nos queda nada. Se ha convertido en una mujer débil, de rostro entristrecido y lacrimoso, que implora clemencia para no verse apartada de sus dos hijos. Es una historia triste con un muy mal final. Así de cruel y siniestro es el dopaje con sus víctimas.

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