Se van con pena y sin gloria

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Los últimos coletazos de 2007 depararon las retiradas silenciosas de dos ilustres ciclistas: Roberto Heras, tres veces ganador de la Vuelta, y Joseba Beloki, tres veces podio en el Tour. Heras y Beloki marcaron una época, lideraron la generación que sucedió al frente del ciclismo español a la quinta de Olano y Escart que a su vez fue el relevo de los años gloriosos de Miguel Indurain, quien igualmente se convirtió en el más brillante heredero de los Delgado, Lejarreta, Arroyo La gloria de nuestro ciclismo se ha escrito de esa manera, generación a generación. Solamente por esa razón Heras y Beloki tendrían que haberse jubilado con grandes honores, pero no ha sido así. Se despiden por la puerta de atrás, casi de puntillas, clandestinamente, porque ningún equipo los ha querido contratar. Se van estigmatizados por el dopaje, por su relación con Eufemiano Fuentes y Manolo Saiz.
Se marchan, además, con mucho rencor, porque no consiguen entender por qué son castigados por algo que también hicieron otros muchos, subidos ahora a los altares del ciclismo. Se van con los bolsillos llenos, pero con una duda que les carcome, porque intuyen con agonía que sus gestas sobre la bicicleta serán ya siempre recordadas bajo la palabra 'sospecha'. Les ha pasado a ellos y también le ha ocurrido a parte de la generación que estaba llamada a sucederles, la de Mancebo, Sevilla, Eladio, Unai Osa (¡cuánto talento arruinado!)... Ellos tuvieron la oportunidad de cambiar un deporte que pide a gritos una regeneración desde 1998, pero prefirieron dejar las cosas como estaban. Por eso ahora se van con pena y sin gloria.



