España, motor del fútbol sala
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Hay deportes en los que supimos coger el tren a tiempo. Y eso se nota. Mucho. En baloncesto, por ejemplo, si no ganamos medallas desde los primeros tiempos sería porque éramos bajitos, no porque no jugáramos, que lo llevamos haciendo bajo una estructura federativa desde 1923, nueve años antes de que naciera la FIBA. También en el ciclismo, el tenis o el balonmano las federaciones españolas respectivas tienen mayor antigüedad que las internacionales. Algo tendrá que ver este hecho para que seamos alguien en estos deportes. En otros, en cambio, nos incorporamos con mucho retraso. En el badminton hay países que nos llevan más de medio siglo de adelanto. No digamos en la recién nacida Federación de Deportes de Hielo.
En el fútbol sala podríamos decir que somos pioneros; como en el hockey sobre patines. Y ahí están los títulos. A pares. Estar en la vanguardia de un deporte supone una gran ventaja. Por lo pronto se crea cantera antes que nadie; después, los mejores jugadores que haya por el mundo están encantados de ir a donde más se cuida su deporte. El nivel del país precursor crece rápidamente a diferencia de los demás y llegan los títulos y las ayudas. En este sentido, España ha creado escuela. No es que el fútbol sala naciera aquí hace treinta años, que en Suramérica se jugaba desde mucho antes, pero sí fue donde se le dotó de una estructura y una organización que le permitiera crecer en el continente. Eso ahora es lo que se recoge año tras año.




