El Zaragoza sigue sin aparecer

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Una frivolidad de Abbondanzieri que dará la vuelta al mundo y una pillería oportunísima de D'Alessandro salvaron un punto para el Real Zaragoza y evitaron la rebelión popular y los tambores de guerra en La Romareda. El empate no puede consolar al Zaragoza, al que sólo le valía la victoria, pero es un mal menor en vista de cómo estaba el partido. Quedaban diez minutos para el final y el Zaragoza, o lo que queda de él, era un equipo reducido a cenizas. Sin fútbol y sin fe, que perdía 0-1 y estaba definitivamente abocado a una crisis. El empate, decíamos, salvó al equipo y a Víctor Fernández de una pañolada segura, pero no puede disimular la realidad. El equipo no ha acabado de andar en toda la temporada, pero ahora se encuentra ya en una situación verdaderamente crítica. La afición está decepcionada y su paciencia está al límite de colmarse.
Porque el juego del Zaragoza, más allá de las ausencias, se ha vuelto insoportable, previsible. Y porque el equipo no le gana a nadie. Ya no es cuestión de nombres ni de sistemas. Ni tampoco de preparación física. El Zaragoza, por un cúmulo enorme de razones, no funciona. Y ya no le sostiene ni la eficacia de sus delanteros. Diego Milito lo falló ayer todo y Oliveira tampoco tuvo su pegada asesina. Hubo ocasiones, sí, pero sólo la cantada de Abbondanzieri evitó que el Getafe, un buen equipo, se llevara la victoria de La Romareda. Está vez se notaron Aimar y D'Alessandro, pero el tiempo pasa y el Real Zaragoza no acaba de aparecer.



