"Somos hijos de nuestra historia..."

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Con ese aire angelical que le caracteriza, Emilio Butragueño Santos, mi Buitre, soltó esa frase solemne para resumir con esas cinco palabras la grandeza de haber donado su genuino e inimitable talento futbolístico a la ciencia madridista. Su árbol genealógico nos habla de una pureza de sangre blanca que no admite especulaciones con su pasado. De hecho, mi Buitre jamás preguntó a su padre, Don Emilio, por qué en casa eran del Real Madrid. Al revés, cuando el vecino del Manzanares llamó a su puerta le recordó: "¡Papá, que somos del Madrid...!".
Su adiós fue igual de impoluto y ejemplar. Aquella noche de homenaje ante el Roma (15-6-1995) sus compañeros le elevaron al cielo del Bernabéu con una luz cegadora y virginal que dejó una imagen para la posteridad que confirma que Butragueño, mi Buitre, era efectivamente un ángel y no un futbolista. Luego le tocó vivir en la cara oculta de la luna como vicepresidente del club, en una etapa de derrumbe que hostigó su imagen pública, muchas veces sin razón. Ahora se ha liberado de esa losa y en el Donostiarra nos mostró ayer su verdadera cara: la de un tipo humilde, sencillo y extremadamente educado. Un caballero de los de antes, que cuida la familia como si fuese un Cadillac de coleccionista. Su ingenio lo desparrama ahora sobre un ordenador lleno de muñequitos movidos por un ratón electrónico. Pero Butragueño, mi Buitre, siempre será un clásico: "Somos hijos de nuestra historia". Un genio.



