Ya dormirán cuando sean abueletes...

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Cuando los bad boys de mi generación teníamos veintitantos años, lo de dormir era una tarea reservada para los domingos, único día de la semana al que aterrizábamos derrengados tras muchas horas consumidas en las interminables noches de la movida madrileña. Un servidor llegaba a casa al amanecer, cuando mi padre abría la puerta de casa para sacar su autocar de la cochera y hacer su servicio con los obreros de la fábrica. Pero la juventud te hacía inmune al agotamiento y el sueño, por lo que con tres horas de reposo ya estabas listo para dar la talla.
No quiero decir con esto que los hombres de Schuster no tengan derecho a quejarse por el palizón que se dieron al regreso de Atenas, con esa segunda noche junto a La Acrópolis que careció de sentido. Lo suyo sería haber dispuesto el vuelo de vuelta para las tres de la tarde. Así, los chicos habrían dormido siete horas y por la tarde habrían entrenado descansados en Valdebebas. Pero cuando miro las fotos de los jugadores y analizo los cuerpos Danone que exhiben me pregunto: "Si yo era un gordito sin más preparación física que las caminatas de madrugada al 'Búho' que salía de Cibeles y me levantaba como un toro, ¿cómo se explica que estos atletas se quejen por la falta de sueño?". No hay que dramatizar. Si juegas en el Madrid tienes que ser tan firme como el sargento negro de Oficial y Caballero. Defender a muerte este escudo sagrado te obliga a renunciar al dolor y responder siempre: "Señor, sí señor".



