Se me pone la piel de gallina

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Si echamos un vistazo rápido al palmarés del centenario Tour de Francia podemos comprobar que es muy poco habitual que dos ciclistas diferentes de un mismo país ganen la carrera en años consecutivos. Antes de que lo hicieran Óscar Pereiro y Alberto Contador en las dos últimas ediciones, tan sólo lo han conseguido franceses, belgas e italianos, pero la mayoría de las veces en la primera mitad del siglo XX, cuando la carrera no era tan universal como ahora. El último caso lo protagonizaron Laurent Fignon y Bernard Hinault en 1984 y 1985, hace más de veinte años. Nuestra presencia en el Tour es envidiable, privilegiada... Si a eso añadimos que España es una tierra de cultura ciclista, ¿por qué nos sentimos tan fríos?, ¿por qué Pereiro y Contador no son superhéroes y los ídolos de nuestros menores?, ¿por qué un ciclista de 24 años que venció a la muerte no está reventando (de momento) de votos la web de los premios de AS?, ¿por qué bajan las audiencias del Tour?
La respuesta es obvia: por el maldito dopaje. Pereiro y Contador también están marcados por este lastre, porque el gallego ganó el Tour por el positivo de Floyd Landis y el madrileño, en parte, por la expulsión de Michael Rasmussen. La afición necesita algo más para recuperar la fe y para entronizar a nuestros campeones. Y ese algo más puede venir en el Tour 2008, cuando Contador, por ejemplo, ataque en Alpe d'Huez o Prato Nevoso. Cuando emule a Bahamontes sin escándalos alrededor. Se me pone la piel de gallina de pensarlo.



