Lágrimas en los Campos Elíseos

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Me van a permitir que les cuente una batallita personal. En 1992 cubrí como periodista el primero de mis doce Tour de Francia, que coincidió con el segundo de los cinco que Miguel Indurain conquistó en París. Cuando el último día pisé los Campos Elíseos inundados de banderas españolas y escuché el himno, no pude reprimir la aparición de alguna lagrimilla. Era la primera vez que pasaba un mes en el extranjero y el esfuerzo había merecido la pena. Ahora les voy a contar algo más íntimo: en general estoy en contra de los símbolos territoriales, porque entiendo que la mayoría de las veces dividen más que unen. Y lo escribo sin ninguna intención política y con todo el respeto a los numerosos ciudadanos que viven los símbolos de manera diferente a mí.
Entonces, ¿por qué me emocioné (y me he seguido emocionando) con el himno y las banderas rojigualdas? Pedro Delgado nos dio ayer una explicación: "Cuando estás fuera y cantas el ¡Viva España! de Manolo Escobar no te sientes tan ridículo como aquí". Deduzco de las palabras de Perico que, muy por encima de las ideas políticas, las personas tenemos la necesidad de expresar nuestros sentimientos en ciertas situaciones de euforia, añoranza, esfuerzo, colectividad... Y el Deporte, un ámbito que nunca excluye, que incluso es capaz de frenar el horror durante la Tregua Olímpica, es el mejor vehículo.



