Envidia me dan los Hall of Fame
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Estados Unidos es un país que rinde culto a sus héroes. Quizá por su falta de historia le viene esa necesidad de inmortalizar a quienes la han ido escribiendo. En el deporte no le faltan. Por eso cada deporte de sus cuatro grandes ligas tiene su Hall of Fame; también, el boxeo y el tenis. Todos los años se vive una solemne fiesta en estos templos del deporte, auténticos ángeles custodios de las memorias históricas. Una fiesta con gran boato, que en esto los americanos lo saben hacer muy bien. Nosotros en cambio, tanto que copiamos de ellos, no prestamos atención a estas cosas. Lo más parecido que tenemos es la Fundación Pedro Ferrándiz, en Alcobendas, donde no es casualidad que la FIBA la haya escogido como sede de su Hall of Fame.
Allí el baloncesto tiene su santuario, gracias al esfuerzo y a la vehemencia de su impulsor y a las aportaciones de diversas instituciones. Su Hall of Fame le proporciona, además, una actividad que se echa de menos en otros deportes. Bueno, por faltar faltan museos en deportes que bien merecían un reconocimiento. No me salen muchos: el Museo Olímpico en Barcelona, uno de motos en Basella (Lleida), en Madrid está el particular de Ángel Nieto y en Seseña (Toledo) uno de ciclismo en la sede de Würth y para el que Bahamontes hizo sus aportaciones. Pues en esto sí que tendríamos que copiar a los americanos. Han sabido vender al mundo su propia historia. No hay más que ver la que tienen montada en Springfield. Envidia me da.




