La Vuelta sí vale para algo
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De los ocho primeros clasificados en el Campeonato del Mundo de Stuttgart, sólo uno, Fran Schleck, no disputó la Vuelta a España. Bettini, el doble campeón mundial, se retiró a falta de cuatro etapas, igual que Schumacher, bronce. Kolobnev, plata, llegó hasta Madrid. Evans, quinto en Alemania, finalizó la Vuelta en cuarto lugar y en el Tour fue segundo. El asunto tiene su importancia. Primero descubre que la Vuelta sirve para algo y que es posible correrla hasta el final, incluso disputarla, y luchar luego por el maillot arco iris. Eso desmonta la coartada de los ciclistas que huyen a mitad de carrera con la excusa de preparar el Mundial. Por no hablar de los que no acuden siquiera por el mismo motivo. Como Valverde. Su renuncia a la Vuelta es todavía más incomprensible ahora, como resulta inexplicable que su equipo permitiera su ausencia.
Hace ya algún tiempo que las figuras dosifican sus temporadas cayendo en la racanería más absoluta. Siguiendo quizá el modelo esterilizado de Armstrong, muchas estrellas se fijan un único objetivo que suele ser el Tour y desprecian otras carreras legendarias, como la Vuelta o el Giro. Y ya no es sólo un problema de ambición o de marketing, sino de responsabilidad con un deporte que busca quien lo rescate. Contador debió correr la Vuelta (y el Mundial) y tuvo que entenderlo al ganar en París. Ser campeón implica una responsabilidad que exige lucir corona y ponerla en juego. Reservarse sólo garantiza el olvido.



