Schuster tiene sangre húngara

El 25 de noviembre de 1953 se jugó en el Empire Stadium de Wembley, ante 123.000 testigos, el bautizado por The Times como The Match of the Century ('El Partido del Siglo'). Inglaterra, que jamás había perdido en feudo propio, sucumbía ante la Hungría de Bozsik, Hidegkuti, Kócsis, Puskas y Czibor. Quedaron, tomen nota amigos, 3-6. Bárbaro. Cuentan las crónicas que la revancha en Budapest fue más sangrante todavía para los pross. Cayeron 7-1.
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Viene a cuento esto porque estoy convencido de que Schuster habría tenido sitio en aquella fábrica de meter goles. El alemán vino al mundo en Alemania seis años después (22-12-1959), pero me consta que su padre le contó la leyenda de aquel partidazo. El pequeño Bernardo creció entre su balón de cuero y esa melena rubia que casi le nublaba los ojos. Su instinto desde niño ya marcó sus señas de identidad futbolísticas. Jugaba al ataque, sin mirar atrás. Schuster es un enamorado del juego ofensivo como principal arma para defenderse ante el enemigo.
Recuerdo algo que nos contó Capello en el Donostiarra: "Si a mí no me meten gol, ya caerá alguno para ganar aunque sea 1-0". Pragmatismo respetable. Así conquistó dos Ligas de blanco y un porrón de Scudettos, pero alejado de lo que le gusta al Bernabéu. Por eso veo normal que Schuster entrene a los supervivientes del virus FIFA (esta plantilla tiene 24 internacionales de 25, sólo falta Codina) con la mirada puesta en la red adversaria. La clave es que el míster no pierde el tiempo obsesionado con buscar fórmulas para proteger a Casillas. Defender es de cobardes. Y Schuster es un valiente con antepasados húngaros



