Yo digo Quique Iglesias

El día que el golf entró en su casa

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César tiene en Zaragoza todo lo que él deseó. Un club que le quiere, una afición que está de su lado, una familia feliz que ha olvidado dramas pasados, una ciudad a la medida y un par de campos de golf que le permiten evadirse de algún mal resultado, e incluso de montar un partido de amiguetes en el que "todos ganan". Es lo que tiene el golf. Cada uno se conforma con lo que puede. Pero él juega bien y disfruta como si fuera un niño. Suficiente como para que este deporte entre en su casa como un ciclón sin que nadie se enfade y sin que le quite horas de su gente.

Zaragoza, César, su profesión y su afición no caminan solos en este inevitable trayecto que tiene como destino la retirada. Son cosas de la edad. Duele la comparación con el otro César, Láinez, que tuvo que soportar el rugir de una rodilla inmisericorde. Pero hasta en eso el fútbol fue sabio. No permitió que coincidieran en La Romareda. Decidir hubiera sido demasiado duro.

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