La paz ya tiene nombre
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No sería poca herencia que el fallecimiento de Antonio Puerta sirviera para procurar la paz entre el Betis y el Sevilla. No sería mal legado que dos instituciones históricas sentarán por fin las bases de un pacto que no permita otra agresión que la guasa inofensiva. De conseguirlo, morir valdría para algo, recordar sería útil. No existe mejor homenaje que convertir a Puerta en el símbolo de una reconciliación que parecía imposible hace unos meses. No lo duden, es preferible poner su nombre a la paz que a un polideportivo. Eso exigiría un compromiso activo, un esfuerzo permanente por respetar la memoria del futbolista que ahora lloramos. El primer paso está dado. La actitud de los béticos ha sido señorial, desde la afición al equipo, sin olvidar a Lopera, cuyo abrazo a Del Nido es la imagen de la concordia. Frente a esa muestra de afecto, la respuesta del sevillismo ha sido ejemplar. Será tan difícil olvidar los aplausos al autobús del Betis como a los aficionados verdiblancos que cantaron el himno del Sevilla.
Se ha avanzado demasiado como para retroceder ahora. No hay justificación para la muerte, ni razones ni contrapartidas. Pero se puede extraer algo positivo de esta desgracia: la unión. Entre la pena profunda por la muerte de Antonio Puerta queda el orgullo de ver a una ciudad abrazada y solidaria. Eso consiguió Puerta: borrar diferencias, salvar obstáculos. Ahora es de ley que los sevillanos mantengan vivo su recuerdo, presente su imagen y su legado. La inmortalidad es eso.



