El alemán que embrujó al Bernabéu

Schuster supo muy pronto lo que es defender la camiseta del Madrid en un derbi en el Bernabéu. 3 de diciembre de 1988. El Atleti del mejor Futre que uno recuerde amenazaba el reinado del once mágico de la Quinta del Buitre. Schuster era el mariscal de campo en un sexteto de ataque irrepetible que completaban Míchel, Martín Vázquez, Gordillo, Butragueño y Hugo Sánchez. Pellízquense. Esa máquina de fabricar fútbol de orfebre supo homenajear como nadie a nuestras adolescentes pupilas. Y empezó ese derbi, Futre inició su repertorio de diabluras, Buyo le provocó, Orejuela picó el anzuelo, el Madrid esperó su momento y Martín Vázquez, Talavante y Castella en una misma pieza, apuntilló a la reserva india con un golazo en el último segundo del último minuto de un partidazo imborrable. Schuster sonrió y desde ese momento supo por qué papá siempre estará por encima de mamá.
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De hecho, en sus cinco derbis restantes con la camiseta blanca jamás conoció la derrota ante el Titanic rojiblanco. Bernardo firmó en Chamartín los dos mejores años futbolísticos de su carrera y tuvo la generosidad de cerrar el chiringuito en el Calderón para que en la otra parte del río sepan cómo se desplaza un balón a la bota desde 40 metros. A los madridistas no nos molestó su marcha al Atleti porque sabíamos que el genial compositor alemán ya nos había regalado las mejores piezas de su repertorio.
Jamás olvidaré cómo se desenvolvía Schuster en la hierba esplendorosa del Bernabéu. El rubio de oro levantaba la cabeza, veía a Gordillo desmarcarse como una locomotora por la izquierda, pegaba al esférico como si fuese en pan recién salido del horno y la pelota llegaba al regazo del gran Gordo para que éste asistiese al Buitre o a Hugo para marcar otro golazo más. Ingeniería alemana al servicio del club más grande de todos los tiempos.Schuster nunca fue un jabato como Stielike, pero supo dejar entre los seguidores madridistas la mejor huella que puede atesorar un futbolista: el talento.



