El cisne, los leones y el fútbol-arte

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Nació y se crió Marco Van Basten en Utrecht. De su estilo de juego se le acabó por imponer un apodo casi operístico: el Cisne de Utrecht. Y de su tremenda clase a la del llamado León de Santa Coloma, que vivió y creció en la ciudad del cinturón barcelonés, y que como su ídolo hasta llegó a jugar en un equipo llamado Milan (sin acento), en el que incluso entrenó su padre. Raúl Tamudo tuvo como ídolo al estilete holandés. Servidor, sin saberlo entonces, le bautizó como el Van Basten del extrarradio cuando le vio jugar de juvenil en Hospitalet, tal como refleja Ànima de carrer, la biografía de Tomás Guasch. Paralelismos todos ellos que conforman la grandeza del fútbol: quizá Van Basten se hinchó a ganar títulos o se erigiera en el mejor jugador de la historia de su país junto a Cruyff, pero Tamudo ha ganado las dos únicas Copas de su club en 66 años, y ya es considerado el mejor españolista en 107 temporadas.
Algo que ver, al menos en los éxitos de los dos años últimos, ha tenido que ver Luis García. El asturiano se decanta por Hugo Sánchez, al que le unen las volteretas tras cada gol y apodos similares: Macho para el mexicano y Lucho en el caso del perico. Van Basten, Tamudo, Hugo y Luis aunan dos épocas de arte, pero también de raza, carácter y pasión, lo que enlaza con una máxima que deberían tener presente todos los hinchas: el fútbol no debe matar, sino dar la vida. Como dijo Bill Shankly, este deporte no es cuestión de vida o muerte, sino mucho más que eso.



