Una alegría con el freno de mano

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He dado un salto de alegría cuando Alberto Contador ha cruzado la meta de Angulema como vencedor del Tour de Francia. Lógico. Contador es español y el Tour es el Tour. Pero luego mi euforia ha ido decreciendo según avanzaba la tarde, según comprobaba que la alegría no era tan exultante a mi alrededor. Me ponen una primera traba: "Ganar así, sin haber logrado el maillot amarillo en la carretera, no es igual de emocionante". Vale, ¿pero acaso hubiera sido preferible un vencedor mentiroso, que ha eludido los controles por sorpresa, como Michael Rasmussen? ¿No es verdad también que un campeonísimo como Eddy Merckx ganó un Tour porque se cayó su rival, Luis Ocaña? Busco estos y otros argumentos para convencerme, para no retener mis sentimientos.
Yentonces recibo una llamada de uno de los enviados especiales de AS en el Tour. Quique Iglesias, triste, decepcionado, cabreado, me cuenta que la conferencia de prensa de Contador ha sido "un infierno". Las preguntas han girado sobre el dopaje, sobre aquella implicación inicial del pinteño en la Operación Puerto, sobre el ADN... Alberto llegó incluso a encararse con un periodista que le reclamaba su sangre (como suena). Quique me contagia su bajón. Y yo me debato entre dos sentimientos. Entiendo la desconfianza de los medios internacionales, de la opinión pública... El ciclismo se ha ganado a pulso esta falta de fe. Pero yo, como muchos de ustedes, quiero volver a creer. Y me gustaría hacerlo en Contador. Anhelo saltar de alegría sin el freno de mano echado.



