La revolución entra en el All England

Noticias relacionadas
En el centro de la tradición. En el club donde los venerables socios se abrigan con mantitas escocesas, donde se estilan los blazer, el champán y las fresas. En el lugar donde adornan el vestuario con frases de un Nobel de Literatura, Rudyard Kipling. En el templo en el que los jardineros son tratados con honores. En ese ambiente tan diferente y a la vez ya tan familiar en el que el blanco es obligatorio se ha colado un revolucionario. Atiende por Rafael Nadal Parera. Lleva camiseta sin mangas, luce bíceps de obrero, escucha a David Bisbal, llega con un entrenador sin un apreciable currículo deportivo y que además es su tío, juega de fondo y se atreve a liftar bolas sobre la hierba. ¿Heterodoxo? ¿Atrevido? ¿Listo? Todo eso y mucho más: revolucionario.
U n revolucionario que tiene la misma mirada viva de otro español que se propuso un día dar la vuelta al orden establecido. Un chaval que recogía pelotas en pistas donde jugaban los pudientes, en los años del hambre después de la Guerra Civil. Un chico que comprendió que ganar Wimbledon era ganar el Mundial del tenis, porque en la copa que entregan a los campeones figura una inscripción: "Champion of the world". Campeón del mundo. Ese otro revolucionario que salió de un Madrid gris para colarse en los clubes donde se movía gente elegante es Manolo Santana, que desde que ganó Wimbledon en 1966, hace ya 41 años, se pasea por el All England Club como si fuera el jardín de su casa. Nadal está en la final. Delante está Federer, el orden. ¿Y qué?



