El premio de la final catalana

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Cuando Ricky Rubio no había cumplido siquiera un añito, en mayo del 91, el Joventut y el Barcelona se jugaban el título de la ACB. Es la última final catalana en un deporte en el que los catalanes tienen mucho que decir. Bueno, la verdad es que en casi todos tienen mucho que decir... Dieciséis años después, el basket catalán acaricia otra final de Liga. El Montigalá se llama DKV y el Barça juega ahora bajo el inmenso paraguas de Winterthur, aunque la sangre que corre por sus venas sigue siendo igual de azulgrana. Jordi Villacampa ya no se hincha a meter puntos para la Penya sino que ve los partidos desde el palco (es el presidente verdinegro) y José Antonio Montero no marca jugada al quinteto culé sino que trabaja como director del próximo Eurobasket de septiembre. ¡Cómo pasa el tiempo!
Real Madrid y Tau son los últimos obstáculos hacia la final catalana. Han forzado el quinto partido cuando parecían estar contra las cuerdas y más de uno afilaba el colmillo dispuesto a discutir a Plaza y Maljkovic incluso por formar sus quintetos con... cinco jugadores. La final catalana es buena para el baloncesto catalán, eso es evidente, pero también para el baloncesto español, ya que permitiría tener cinco representantes en la próxima Euroliga. Dieciséis años después, el Joventut puede volver a jugar una final ACB con el eterno rival. Con Badalona reviviendo la magia gracias a Aíto, Rudy y ese Ricky Rubio al que en aquel mayo del 91 aún no habían regalado su primer balón.



