La muerte de un eslogan

El 6 de octubre de 2001 aterrizó en el corazón de la Galaxia este Luke Skywalker de aspecto universitario y perfil futbolístico aseado. Paco Pavón. Un central perfecto para el Antiguo Régimen, hasta el extremo de que Florentino y Valdano acuñaron un modelo deportivo que incluía su nombre: Zidanes y Pavones. Esa noche de otoño, el Madrid ganó al Athletic (2-0) y Del Bosque supo que en casa tenía una solución a precio de saldo. El chaval firmó dos temporadas pletóricas, llegando al centenar de partidos con sobresalientes en su cartilla como el partido del cochinillo en el Camp Nou (0-0).
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Pero los Zidanes fueron haciéndose mayores y los Pavones firmaron su defunción con el desplome del proyecto de Queiroz. Los canteranos dejaron de caer en gracia, alguien le buscó a Pavón el camino del banquillo desde la frialdad de un despacho sin perspectiva y aparecieron Raúl Bravo y Mejía, propulsados desde el propio club para condenarle al ostracismo. El descabello para Pavón llegó con el fichaje de Samuel, que jamás se acercó al nivel del central de Getafe y que, además, se atrevió a desafiar al Bernabéu con un gesto feo, pandillero y provocador.
Y aterrizó Capello. Y Cannavaro con él. El italiano de oro nos sonrojó con algunos de sus fallos (su cuerpo a tierra en Huelva pasará a la posteridad), pero Pavón siguió ahí. Callado, prudente, sin desafíos. Me cuentan que es prisionero de una ficha muy elevada, con la que quisieron dar esplendor a un eslogan que ahora se marchita con la marcha de Zidanes (Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham y Roberto) y Pavones. El niño ya se ha hecho hombre: 27 años. Se va un buen central...



