Filosofía desde el otro lado
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Lo que sigue no es una injerencia, es una incursión. Quién me llama, habrá quien se pregunte. Yo respondo que en ocasiones la perspectiva mejora desde el otro lado del río. Aunque tampoco será este el caso. Veo mal de lejos y si me acerco mucho me enamoro de bruces. Pero no soy un extraño. En el Calderón viví mi primer partido en directo y además fui ahijado (lo seré siempre) de un atlético apasionado y apasionante que me enseñó dos cosas: la vida es corta y el dinero son cromos. Ahora, visto con distancia, creo que aquel fue su intento de convertirme. Antes que prometer triunfos inciertos, quiso adiestrarme para las derrotas ciertas y enseñarme que hay un equipo que se despide de las victorias como Bogart de Ingrid Bergman.
No me convenció, llegó tarde. Pero siempre he admirado la capacidad de los atléticos para transformar el infortunio en leyenda romántica. Sin embargo, intuyo que la explotación de esa idea, formidable para la imagen y la autoestima, ha tenido un efecto perverso en según qué manos. O en según qué pies. Porque los futbolistas entienden mal las sutilezas. El objetivo no es perder, sino estar preparado para cuando toque. Y entonces, ya perdidos, ganar. Es raro, pero a mí me lo enseñaron de pequeño. En el Calderón.



