...Y sin poder celebrar el triunfo

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En plena jornada electoral, sólo Osasuna se quedó sin celebrar su éxito. Logró la permanencia a falta de dos jornadas, el objetivo clave para quienes se mueven en la máxima categoría con las limitaciones de su presupuesto, y no hubo celebración en la extraña tarde del Reyno de Navarra. Los rojillos abandonaron el campo soportando algunos insultos y, en el mejor de los casos, el silencio significativo de la mayor parte de la grada. Intentaron consolar a los rivales, pero ni eso les fue aceptado por algunos de los realistas. Con apenas 24 horas de reflexión, hay que suponer que los rojillos todavía alucinan con lo sucedido. La semana previa al partido que les ha tocado vivir no es aconsejable ni para el peor enemigo. Sabían que, con cualquier resultado, se sometían a las críticas del compadreo o a la deuda, aunque mal entendida, impagada. Y que un sector de tu propia afición anteponga el triunfo del rival al riesgo evidente en las dos últimas jornadas se antoja demencial.
Osasuna tiró por la calle de su propia supervivencia y de la dignidad futbolística. La Real Sociedad, si termina finalmente descendiendo a Segunda División, no lo hará solamente por su triste imagen de ayer en Pamplona, sino más bien por su mal andar de toda la presente campaña. Y a los rojillos, además de haber cumplido con su objetivo, les queda el consuelo de poder pasarle factura a llorones y malpensados, desde Bilbao hasta el punto más alejado de la geografía española.



