Gerrard no supo jugar entre líneas
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No se equivocó en nada el Liverpool. O bueno, sí: se perdieron veinte minutos hasta que los futbolistas se dieron cuenta a lo que jugaban: banda y velocidad. "¡Ah, sí!", soltó el equipo al unísono y empezó a verse a Pennant y a Zenden. Se sabía del espacio que dejan Jankulovski y Oddo. Estaba saliendo la final que Benítez se había imaginado hace dos años. Cuando iba creciendo el Liverpool, se encontró el Milán con la única rendija que quedó abierta: jugada a balón parado y de rebote. Se esperó la aparición de Steven Gerrard que, mientras jugó de mediapunta, volvió a parecerse a un futbolista exiliado incapaz de hacer jugar a otros. Se esforzó en defensa, dejó al Milán sin la línea de creación de Pirlo, pero le faltó la experiencia de saber jugar entre líneas. Lo de su puesto pareció un acuerdo sólo medio satisfactorio entre el jefe y el capitán que, estoy seguro, dejó igual de feliz o descontento a ambos: poco. Es un grande, pero no ahí.
El resto lo hizo muy bien el Liverpool, mucho mejor que hace dos años. Y regresamos al debate de siempre: ¿cómo se puede considerar peor a un equipo que le marcó al Milán tres goles? Porque encajó tres antes. Paradoja: jugó el Liverpool mejor y perdió. No es pura matemática esto del fútbol.




