Exorcismo previo a la gran final
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Anoche, un grupo de españolistas que estuvimos en Leverkusen nos juntamos para hacer exorcismo antes del viaje a Glasgow. Por primera vez en diecinueve años volvimos a ver la tanda de penaltis. Todos la teníamos en vídeo, pero nadie se había atrevido a echarle una ojeada: demasiado doloroso. La noche antes de otra final de la UEFA parecía el momento indicado para empezar a enterrar fantasmas. Se vio, se suspiró, se concluyó que aquella derrota fue una lección de vida demasiado dura y demasiado temprana.
En Leverkusen, la gente nos invitó a sus casas. Nos prometían que la Copa era nuestra, que nadie era aficionado del Bayer, sino que iban al campo porque el carnet lo regalaba la compañía farmacéutica. Llegó el partido. La prórroga. Los penaltis. La derrota. Pegué mi cara a la valla y comencé a gritar: "Gallart, Gallart, no llores, vamos a jugar esta final otra vez". Como si yo conociera de algo a aquel futbolista. En el autocar de vuelta le pusimos con el dedo la palabra "sub" al pastel de campeones, así que este perico, que se hizo mayor en Alemania, tiene un grito de victoria almacenado durante dos décadas.




