Mis respetos a un récord sideral

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Hagan un ejercicio de imaginación. Dejen volar su mente hasta el 8 de abril de 2005, Torneo de Valencia, donde un ruso llamado Igor Andreev acaba de ganar a Rafa Nadal. Esa fue la última vez que el depredador de Manacor perdió sobre tierra. Desde entonces han pasado más de dos años en los que Nadal se ha convertido en un rodillo que ha aplastado a jugadores como Roger Federer (en Roland Garros dos veces, en Montecarlo otras dos y en Roma en una final inolvidable), a ex números uno del mundo como Juan Carlos Ferrero y Carlos Moyá (que también alzaron la Copa de los Mosqueteros en París), a un campeón de Roland Garros como Gastón Gaudio, a tenistas de futuro como Richard Gasquet, Gael Monfils, Novak Djokovic o Tomas Berdych, a cañoneros como Ljubicic, a jugadores con determinación suicida del tipo Davydenko, a finalistas del Abierto de Australia como Fernando González y a terrícolas reputados como Tommy Robredo, David Ferrer o Nicolás Almagro. Casi nada.
Estos nombres, puestos uno detrás de otro, dan miedo y dicen mucho de la dimensión que está adquiriendo el último Gladiador de Roma. Ganar 77 partidos seguidos no es sólo cuestión de suerte, ni de físico, ni de técnica, ni de mentalidad, ni de pundonor, ni de casta. Es todo eso y mucho más. Por delante le queda el Masters de Hamburgo y Roland Garros, donde puede situar la marca en una cifra sideral. Recorran con su mente todo lo que Rafa ha corrido sobre la pista. Yo lo he hecho. Y me quito el sombrero.



