Que Dios bendiga a los árbitros
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Congo fue claro cuando dijo que no merece la pena entrar en el tema arbitral. Es perder el tiempo. Nada se puede hacer contra un colectivo corporativista y revanchista por idiosincrasia. Los árbitros son intocables y casi hasta infalibles. Sus errores no tienen ninguna trascendencia, más que las protestas de los aficionados o las de los clubes, aunque cuando un futbolista, un entrenador o un dirigente los critica con cierta dureza, pasan el caso a los comités, de los que el gremio del silbato está exento. Vamos, que la justicia no es para todos. O, al menos, no es igual.
El sábado, en El Molinón, vimos un ejemplo de insensatez. Primero se mostró la imagen de Mateu, un valenciano que quiso pitar a la europea, dejando jugar, con un ritmo que hasta le venía bien al Sporting. Pero a las dos primeras protestas cambió el chip para pasar a ser Lahoz, con intención de segar a los rojiblancos, con un arbitraje alocado, absurdo y prepotente. Pero, si hay Turienzos por arriba, qué se puede esperar por abajo, con los Mateu, Rodado o Bernabé, por poner tres ejemplos que perjudicaron a los gijoneses. Si el profesor Díaz Vega vio el partido, conociendo su rigor y su rectitud, debió sentir vergüenza de lo que hay en su gremio. Que Dios los bendiga.




