El Sevilla ha suplido al Athletic

Mi adorable abuelo Fernando, al que el destino quiso llevárselo de este mundo en 1978 sólo unos días después de irse para siempre el más grande (Don Santiago Bernabéu), era un manchego de raza entregado a unos colores: los del Athletic. Cuando un servidor era un renacuajo, recuerdo cómo me tiraba de las orejas mientras apoyaba su enorme corpachón en su bastón de roble: "Tomasito, tienes que olvidarte del Madrid. Son todos unos señoritos y el único caballero que tienen es Pirri. Mi Athletic es lo más grande, sin extranjeros y con once leones que jamás se rinden...". Yo callaba prudente (sabio consejo de mamá, ¡Felicidades!), pero me llamaba la atención esa devoción por San Mamés y sus cachorros...
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De hecho, en mi pueblo (Herencia, Ciudad Real) sólo había dos peñas futboleras. La del Madrid, numerosa y mayoritaria, y la del Athletic, con solera y viajera. Acudían a Bilbao tres veces por temporada. Del Barça o del Atleti, ni rastro. Pero han pasado treinta años y todo ha cambiado. La peña del Athletic desapareció por falta de efectivos y de jóvenes que tomasen el relevo...
Por eso es sintomático lo sucedido en otro lugar de La Mancha, Quintanar de la Orden. Una pandilla de adolescentes entusiastas se contagiaron de ese Sevilla emergente, que combina un fútbol de toque y distinción con esa bravura tan enraizada con la cultura de la furia española. Los críos de mi tierra pueden hacerse del Madrid por inducción familiar o del Barça, minoría inevitable. Pero el Sevilla ha sabido ganar adeptos en esa edad en la que te arrastran los destellos y esos himnos que te secuestran el corazón como ese Arrebato único. Si el Sevilla ganase alguno de los tres títulos que iluminan sus pupilas (que lo hará) empezarán a surgir más peñas como esta. El fútbol es sentimiento. Y victorias...



