Ramos le echa un par de narices

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Lo de Ramos es una bendita realidad que ha calado hondo en el madridismo de base. El Bernabéu es el mayor fiscal del planeta futbolístico y no se deja engañar por nadie (recuerden cómo trató a Metgod, Spasic, Ruggeri... y a Cannavaro, sin ir más lejos). Pero con el Tarzán de Camas se ha rendido a la evidencia. A sus 21 años recién cumplidos es un multiusos capaz de ocupar las cuatro posiciones de la zaga, de hacer de Pirri en la medular si el guión lo requiriese (sueña con jugar de pivote) y en sus impetuosas subidas al área mete su desmelenada cabeza como Santillana. Lleva tres goles en Liga, como Beckham y Reyes...
Pero Ramos aporta un plus que no se contabiliza en las estadísticas: su ejemplaridad. El vestuario empieza a respetar y a hablar de usted a este muchacho capaz de jugar con la nariz rota y de aplazar la operación hasta que acabe la Liga. Los jugadores de elite suelen esconderse en esa maraña llamada 'profesionalismo' para huir de los gestos. Esos que engrandecieron la leyenda de este club gracias a jabatos como Di Stéfano, Pirri, Benito, Camacho, Stielike o Juanito. Sergio debe mejorar y crecer como futbolista. Pero su alta temperatura emocional lo convierte en una bandera a cuyo mástil ya estaban subidos Raúl y Casillas. Ramos tiene un par de narices. Rotas. ¿Y qué?



