Yo digo Juanma Trueba

Alemanes, la estética y la ética

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Si el Barcelona es holandés, el Madrid es alemán. Y el Atlético debería ser brasileño, como italiano el Valencia (italoargentino, más bien). Digamos que cada equipo encuentra en una nacionalidad la identificación de sus valores, hasta el punto de que los futbolistas de determinados países encajan en la idiosincrasia de ciertos clubes con la naturalidad de un canterano. Cruyff, por ejemplo, abrió una puerta y un estilo. En el Atlético Luiz Pereira o Leivinha fueron continuadores de la seda y el cristal y en el Valencia Kempes desarrolló el instinto matador.

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El Madrid, sin posibilidad de clonar a sus mitos (Di Stéfano, Puskas), descubrió en los futbolistas alemanes los receptores de sus virtudes legendarias: orden, fuerza y corazón. Condiciones espirituales a las que se sumaba, en algunos casos, un aspecto físico muy del gusto de la afición y que dio origen al apelativo que distingue a seguidores y futbolistas del club: vikingos. Eso parecían Netzer o Jensen, aunque este fuera danés.

Desde entonces, en el Madrid han sido bien recibidos alemanes y rubios en general (Beckham es el último ejemplo), símbolos de una ética y una estética tradicional, porque Di Stéfano también era rubio, como Santamaría, Zoco, Velázquez, Butragueño o Laudrup. No es raro que en estos tiempos de crisis muchos hayan suspirado por Schweinsteiger (teutón de rostro y apellido) y se comprende bien que ilusione Metzelder, del que sólo se echa en falta un mechón amarillo como el que pondrá Schuster en el banquillo. Sí, vendrán bien los germanos, porque este acercamiento ético y estético permitirá a los madridistas recordar quiénes son y adónde van: vikingos y al asalto.

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