Y cada vez será más frecuente
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No es nuevo. En el mejor Benfica de la historia (campeón de Europa en 1960 y 1961) jugaba José Augusto Torres, que medía 2,01 y fue máximo goleador de la Liga portuguesa en 1963 (26 goles). En aquellos años, ya era figura el galés John Charles, conocido en Italia como el Gigante Bueno (jamás fue amonestado). Medía 1,88, pero era su fortaleza física la que le convertía en un titán capaz de jugar como medio o delantero centro (29 goles en su primera temporada en la Juve). Hubo otros gigantes que nos tocaron de cerca, como Horst Hrubesch (1,91), terror de aquel Madrid que fue goleado en Hamburgo en las semifinales de la Copa de Europa de 1980 (5-1, dos tantos suyos). Y tampoco es posible olvidar a Manuel Canabal (1,95), por el que el Real Madrid pagó 800 millones de pesetas al Mérida, por consejo, dicen, de Fabio Capello. Canabal sólo jugó dos amistosos como madridista. John Carew (1,94) fue el último pívot que deslumbró en el Bernabéu (con el Lyon) y confirmó que la altura no está reñida con la sutileza, asunto que podrá demostrar Fernando Llorente (1,94) cuando el Athletic le ofrezca minutos y tranquilidad.
No es nuevo, y cada vez será más frecuente. Los krispis elevan la raza y la altura de un ariete facilita las maniobras de ataque. Hoy, el más alto del que se tiene noticia es el noruego Tor Ogne Aaroy (2,04), del Aalesund, descartado hace ocho años por el Rosenborg por sus lesiones. Es el signo de los tiempos. Si les duele, consuélense: el fútbol sube, pero el balón siempre baja.



