La mitológica seducción de las sirenas

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El Centro Acuático de OAKA rugió su descontento contra los jueces. Aquel 27 de agosto de 2004, sólo una injusta puntuación privó del bronce a España en los Juegos de Atenas. El firmante de este artículo formaba parte de aquella grada y rompió su imparcialidad periodística para aportar su abucheo. Por allí andaba también José Luis Rodríguez Zapatero, que había prometido su asistencia a las chicas en una recepción anterior en La Moncloa. Tengo que confesar que aquella fue la primera vez que presencié una competición de natación sincronizada, pero acabé tan encandilado que desde entonces la sigo siempre que puedo frente al televisor. Y en ese empeño ando toda esta semana, trasnochando o madrugando para ver a nuestras sirenas en Melbourne.
L a jornada acabó, como casi siempre, con una cena en la Casa de España. Pero aquella noche fue diferente. Una mesa la ocupaban Gemma Mengual, Paola Tirados, Andrea Fuentes y el resto del equipo de sincronizada, que no pararon de repetir a quienes compartimos aquella velada que volverían en Pekín 2008 para recuperar la medalla robada. Los resultados de este ciclo olímpico confirman que la conjura está cada vez más cerca de cumplirse. En la mitología griega, el canto de las sirenas atraía a los marineros hacia las rocas, donde sus barcos se estrellaban y ellos eran devorados. Ahora no nos arrastran con su voz, sino con su danza. A mí me sedujeron y atraparon.



