Reflexiones en la resaca de Anfield
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Rijkaard dice que no entiende de finales de ciclos, sino de finales de partidos. Se acabó la eliminatoria y la resaca de la noche de Anfield recuperará el debate sobre la fecha de caducidad del proyecto blaugrana. Pero en Liverpool se vislumbraron algunas paradojas: pese al resultado, dan ganas de felicitar al Barcelona, que allá donde va levanta el telón de una gran noche (perder sin renunciar a un estilo no es tarea fácil, que se lo pregunten al Madrid). Se habla de belleza al describir el juego culé, pero había algo muy hermoso en el modo como el Liverpool, con sus limitaciones, se repartía por el campo, se esforzaba por superar sus carencias, trabajaba el orden defensivo, pero no olvidaba lanzar contras, se replegaba, basculaba y avanzaba con cierta armonía.
Y una última: se sobreentendía que el preparador frío, calculador, era Benítez y el librepensador y pasional, Rijkaard. Pero fue el primero el que apenas se sentó en su banquillo y al segundo se le vio menos. Ciertamente al Barcelona se le volvió a ver el punto de solidaridad que se ha echado de menos a menudo esta temporada, pero le faltó una marcha más y más de los más grandes. En Stamford Bridge la temporada pasada, cuando el Barcelona batió al Chelsea, los azulgranas unieron al buen toque un pelo de arrogancia, una agresividad e intensidad mayor, una velocidad de vértigo y varios futbolistas en la curva alta de su estado de forma. Pero también es verdad que no habían ganado todavía la Copa de Europa. Y el vigente campeón era el Liverpool.




