La lección de Anfield y el gran Bodo

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El Madrid, como el maravilloso Liverpool de Benítez, que anoche puso al caducado campeón de Europa en su sitio, nunca caminará solo. A pesar de ser legión los madridistas que siguen sin disfrutar de un pellizco de fútbol por culpa del general Capello, el poder magnético y seductor del rey de Europa (nueve coronas le contemplan) sigue intacto. Más de 4.000 fieles a la causa han sacrificado varios días de sus vacaciones para dar aliento en Múnich a este equipo que escribe los renglones torcidos por culpa de ese italiano intolerante que es capaz de jugar hoy a la italiana insultando la valentía histórica de este club.
La otra alegría de la jornada me la dieron ayer los 150 madridistas que cogieron un vuelo desde Valencia rumbo a la capital bávara. En el Boeing 747 viajaba, como un aficionado más, Bodo Illgner, acompañado de su inseparable esposa Bianca (Blanca, en la lengua de Cervantes). Uno de ellos me telefoneó nada más aterrizar en la sede olímpica de 1972 para decirme que la presencia de la torre alemana les había subido la moral. "Nos ha dicho que él pasa del Bayern. Que viene a ver el partido porque quiere que gane su Real. Nos ha despedido al grito de ¡Hala Madrid!". Ese es el espíritu de la Séptima. Sin nada que perder y con los apostantes batiéndose en retirada. La fe de Illgner es la fe de un pueblo entero. ¡Tiembla Bayern! ¡Tiembla Kahn!



