Las razones de un fracaso
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Nadie duda de que el paso de Di Stéfano fijó para siempre los gustos del madridismo y dibujó al que sería el jugador tipo del club. Ese retrato robot, que acepta cualquier cara, se resume en dos palabras que admiten orden alterno: talento esforzado. Todos los mitos posteriores debieron cumplir esos requisitos y todos los que no pudieron serlo carecieron de alguno de los dos. Y tal vez, porque de Di Stéfano se valora más la omnipresencia que el regate, a la hora de evaluar a un futbolista, el aficionado perdona mejor la falta de talento que de esfuerzo. Pueden preguntar a Guti. Puede responder Raúl.
Según eso, Emerson debería haber sido bien recibido, pues a falta de otras virtudes, suda y se descompone. Sin embargo, la disección del corazón blanco nos distrae de una virtud esencial que se localiza en otras latitudes: la valentía. En el Madrid, esconderse es pecado. Porque este, a diferencia de otros, es un club de asalto, de conquista. Lo entiende bien Sergio Ramos y no lo ha comprendido aún Emerson. Aquí no caben funcionarios. Ni señores afligidos. La historia de esta camiseta exige una proeza constante, una exigencia, que en el triunfo o en la derrota se acompaña de una entrega total, casi angustiosa. No, no es fácil jugar en el Madrid. El impreso de inscripción lo redactó Di Stéfano.



