Gracias a la magia del Kun podemos volver a ser niños
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Podríamos ser Darwin y hablar del físico, de cómo Agüero tiene el potentísimo tren inferior y el centro de gravedad bajo que han permitido a Maradona, Romario y Ronaldinho situarse en un escalón superior (varios en el caso del Diego) al de los geniecillos frágiles y dispersos que tanto abundan. Podríamos ser Menotti y hablar de puro fútbol, de cómo aprendió a regatear fijándose en la sombra del defensor que llegaba por la espalda, de su desborde, de su disparo seco y de su capacidad para reaccionar medio segundo antes que el rival y convertir esas cinco míseras décimas en una vida, inalcanzable ya para su humillado perseguidor. Podríamos ser Karl Marx y hablar del factor social, de la necesidad que agudiza el ingenio, del hambre, el desparpajo y la picardía. Aún mejor, podríamos ser Groucho Marx y hablar de humor, de su sonrisa perpetua. Y citar al genio del puro y el bigote pintado para definir al diablillo de la camiseta rojiblanca: "El secreto del éxito son la sinceridad y la honestidad. Si eres capaz de disimularlas, lo tienes hecho". Así juega el Kun, no estoy, no me entero, pongo cara de bueno, te la lío y gol. Podríamos también ser envidiosos (lo somos) y hablar de la edad, de los 18 años, del futuro inabarcable que se abre ante él. Y podríamos ser mi madre y hablar de la persona, de cómo se le cae la baba ante una pizza, de su fervor por la Play Station, del chaval al que se le ilumina la cara hablando de su familia y que lo observa todo con los ojos como platos.
Sí, podríamos ser toda esa gente, pero cuando juega Agüero sólo logro ser el niño de doce años que fui hace tanto, y emocionarme como hice con Futre y Kiko, como mi padre con Gárate y mi abuelo con Ben Barek, como la última generación con Torres. Y entonces, en esta gris Liga que vivimos, recuerdo por qué adoro el fútbol: la magia de lo inesperado, la sorpresa, la emoción. Y con mis doce años no consigo hablar, me quedo mudo y sonrío. Y soy feliz.




