Aquellos maravillosos años...

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Los años más bonitos de mi vida. Lo digo en voz alta y sin ruborizarme. Eran los tiempos en los que el Madrid de baloncesto fichaba galácticos de la canasta. Drazen Petrovic (primero demonio, luego príncipe) y cuatro años después, Arvydas Romas Sabonis. El más grande. Los 220 centímetros mejor acompasados de la historia del ser humano. Daba asistencias a lo Laudrup, veía el juego como si saltase a la cancha con retrovisores en las orejas y su poder de intimidación dejaba a Hulk en pobre minino. Recuerdo aquella fase final en el Coliseum de A Coruña. Como me dice Chus Bueno (nueva mano derecha de Pepe Sáez en la FEB): "Ese equipo era una apisonadora. Sabonis nos comía a todos...".
Luyk defendía en el banquillo la filosofía de los ojos del tigre. Baloncesto de catálogo, siempre buscando el pase interior al gigante lituano. Rickey Brown, que bailaba en la zona como Cassius Clay, era infalible con sus tiritos a tres metros del aro. Biriukov (mi Chechu) daba el equilibrio ecológico con sus bombas picudas desde siete metros. Lasa Azpeitia (canario él, como Carmelo Cabrera) ponía el arte, Antúnez el músculo con el volante en las manos y A.M. (el hermano de Don Fernando) la sutileza viendo la vida desde las alturas. Y tumbaron a la Penya. Y conquistaron la Copa. Aquellos maravillosos años...



