Una historia demasiado repetida
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El sábado, tras el partido, en los pasillos de los vestuarios de Zorrilla observé una imagen de Manuel Preciado que parecía inimaginable. Un hombre que derrocha optimismo, que transmite alegría, que propaga dinamismo y que emana un discurso positivo, se encontraba muy abatido, víctima de la impotencia ante las injusticias que lleva sufriendo esta temporada por parte de los que, en teoría, deben impartir justicia. El Sporting, al margen de su bisoñez, tuvo el infortunio de encontrarse con los arbitrajes más incompetentes, incluso disculpados por quienes rigen los destinos de un gremio corporativista. El equipo gijonés tenía una lista larga de árbitros que colaboraron a que no se lograra el ascenso hace tres temporadas. Ahora, la historia se repite.
Si antes le tocó a Marcelino García, ahora el principal sufridor es Preciado. Da la sensación de que en las altas esferas del arbitraje español hay algo en contra del técnico montañés. Al menos, así se los han hecho llegar a Vega-Arango. Luego se aprecia que los rojiblancos soportan arbitrajes caseros fuera de su campo, mientras que los que vienen a El Molinón son todo lo contrario. Parece que hay gato encerrado. Daba la sensación de que con González, el de la Copa, y el polémico Rodado, se había acabado el recital, pero, no. Bernabé es el último de la larga lista. Lo curioso del caso es que mientras la afición rojiblanca brama por el arbitraje de Pucela, Suárez Braña, el máximo exponente de los peñistas, celebraba el día del árbitro en Villarreal. Sainete puro.




