Se ganó la primera final
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Había que ganar y se ganó. Era la primera prueba de fuego para nuestra Selección en el Mundial de balonmano. Y el partido empezó peor que mal. Con un 0-3, los húngaros crecidos porque las metían todas y nosotros pesarosos porque no había manera de batir a Puljezevic. Un partido tremendo ante un buen rival, pero que no será campeón del mundo, y cuya derrota ante él nos ponía con un pie fuera del Mundial. Un partido que era como una final. ¿Por haber perdido contra Dinamarca? Pues sí, pero ya anticipé que esta segunda fase no sería un camino de rosas, porque cualquiera de los cuatro partidos se podría perder. Eliminadas las cenicientas en la primera fase, ya sólo quedaban las que se reparten el orden mundial del balonmano.
La prueba es que de las dieciséis selecciones supervivientes sólo Croacia está invicta después de cinco encuentros. Hoy precisamente jugamos contra los croatas, con quienes desde hace años mantenemos una reñidísima pugna. Un partido que será intrascendente para la clasificación de cuartos de final, pero que sí determinará los cruces de la eliminatoria. Dada la igualdad que existe, tampoco importa contra quién nos tocará ahora. Además, al fin y al cabo para ser campeones habrá que ganar ya a partir del martes a todos los rivales y nunca se sabrá, por ejemplo, si Alemania, selección anfitriona, será más dura en un cruce de cuartos o en la final. El caso es que el primer objetivo se ha cumplido y tampoco era tan fácil.




