Bullock o el baloncesto más dulce

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Bullock mete los triples que no vemos (como el de la primera ventaja blanca, 9-10, del que Barthe dio fe pues la imagen TV fundió en negro) y los que sí vemos, como el que sentenció un partido con la tensión de gran final, por más que estemos en enero. En este último, a minuto y medio del final, el de Washington saltó, giró su cuerpo, amagó con pasar a un compañero y lanzó por fin a canasta. Fue un segundo, pero la acción pareció durar una eternidad. Era el triple de la victoria (ponía a los blancos con 80-86), hijo de aquel triple-de-todos-los-triples de Herreros que aún ronda por el Buesa Arena y se le aparece en noches al bueno de Splitter.
Con Bullock se cometió el año pasado más de una injusticia. Se disparó contra él cuando era otro el ciervo al que muchos querían ver asomar tras los arbustos. La apuesta de jugar sin bases pasó factura a todo el equipo, pero a Bullock más que a ningún otro, porque tenía que trabajar con casco y a pie de excavadora cuando lo suyo era estar en el estudio de arquitectos, esperando a las musas, como ese Frank Gehry al que tan bien ha retratado Sydney Pollack en una reciente película. Bullock debe estar para anotar, para fintar, para lo sublime. Por eso es Bullock. Por eso le apodan Sweet (Dulce).



