El inglés, el luso y los ilusos

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Seamos justos. David Beckham es un profesional ejemplar, vive su oficio con un admirable espíritu vocacional y jamás se ha enfrentado al entrenador de turno por no disfrutar de la titularidad. Pero la realidad es la que es. Figo fue el último dueño de la banda derecha con derecho a cobrar peaje. El gladiador portugués desbordaba, hacía del uno contra uno un arte de superación y jamás perdía la cara al toro. En partidos obtusos y opacos como el del Recreativo eché en falta esa osadía del primer Balón de Oro de la era Florentino. Figo cambió el curso de la historia, dejó al Barça cinco años sin títulos y convertía cada partido con la camiseta blanca en un Figo contra el Resto del Mundo.
Beckham ha cumplido su parte del trato. Vino a proyectar universalmente la imagen del Madrid y así ha sido. En Asia se para el mundo sólo para ver el tatuaje alado de su deseada espalda. Además, en el campo ha sido honesto, sincero y directo. Pero con él llegó la larga travesía del desierto. Un solo título (Supercopa de 2003) y muchos bunker de arena en el camino. Ojalá se quede. Pero si se va al Inter, los que creen en gafes se sentirán aliviados. David, sorry.



