Menos lobos 'querido' Oliver Kahn

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No hay que remontarse tanto. 10 de marzo de 2004. Bernabéu en estado incandescente. En la hierba, ese Bayern que despierta todos nuestros demonios, con el engreído y el decadente Kahn bajo los palos. Faltaba Ronaldo y Raúl jugó infiltrado, pero el Madrid rugió como nunca y Zidane puso su sello delicatessen con el gol que tumbó al ogro alemán. Tampoco olvido el misil de Geremi en el Olímpico de Múnich o el de chamba de Roberto Carlos al sobrevalorado sucesor de Maier en una noche de nieve, carnaval y siete grados bajo de cero. Y si les cuento lo de Anelka todos nos venimos arriba. Nicolás fue un bulto sospechoso en el año de la Octava hasta que decidió resucitar su orgullo rapero ante los prepotentes teutones para firmar dos golazos (uno en el Bernabéu y un cabezazo mágico en Múnich), que pusieron al Madrid de mi añorado Del Bosque en la final de París.
El Bayern ya no se come a nadie, pero le queda ese perfume de terrateniente de Europa que empieza a perder sus castillos y posesiones. Hasta Ballack ha preferido los petrodólares de Abramovich y el látigo de Mourinho antes que seguir siendo el rey de Baviera. Seguro que Makaay está preocupado a estas horas. El sorteo ha sido generoso y marketiniano con la tropa de Capello. Un Madrid-Bayern es un clásico como los Ali-Frazier. Siempre vende. Pero todos sabemos quién va a besar la lona. Lo siento Oliver, porque Benji esta vez vestirá de blanco. Vas a descubrir de nuevo lo largos que se hacen 90 minutos en el Bernabéu. La Décima no es una quimera. Yo ya pienso en un cruce con el Milán de Kaká en cuartos.



