No se ha ido un campeón olímpico, se fue un amigo...

Noticias relacionadas
Me encontré a mi Paquito, sin capa pero con su contagiosa sonrisa, en el Palco de Chamartín el día del Trofeo Bernabéu. Sentado en su silla de ruedas, con su inseparable hermano Ricardo. "Yo también esquié, pero no era tan rápido como él". Paco sabía de su precario estado, pero desterró mis temores con su ímpetu habitual: "Tomasito, alegra esa cara. ¡Con Capello volveremos a Cibeles machote!". Fue infatigable hasta su último descenso. Se pasó el último mes contando chistes a todo aquel que pretendía acercarse a él con la noble intención de darle un adiós en vida. No se dejó. "Yo voy a perder la vida por culpa de esta enfermedad, pero nadie me la va a arrebatar", musitaba orgulloso cuatro días antes de su adiós mientras ojeaba un ejemplar de AS y dejaba alucinada a su ejemplar esposa, María Jesús, al pedirle que le hiciera ¡un cocido!
Si hoy pudiese hablarnos se negaría a aceptar una sola lágrima. Recuerdo cuando se nos fueron Urruti y José María Sirvent, compañeros de fatigas en el extinto El Penalty, de Onda Cero. "Tomi, se han ido pronto, pero no hay que hundirse. Si te toca, disfruta hasta el último segundo, das una última bocanada del aire puro de Cercedilla y te vas...". No sé si Paquito nos enseñó a vivir, pero sí a morir. Lo mejor de la huella que nos deja es que la mítica medalla de oro de Sapporo (yo tenía seis añitos y ni sabía que existía la nieve) sólo es una anécdota. Una vez escuché a un anciano del pueblo: "Los hombres dan la cara por sí mismos; los grandes hombres la dan por los demás". Y eso fue Paquito. Un gran hombre. Y un amigo irreemplazable...



