Alonso, un héroe inmune a la falsedad

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Hay días ociosos y gloriosos, santificados por la fiesta del deporte. Días en que no hay más preocupación que ver cómo algún compatriota triunfa en este mundo hostil. En esos días nos sentimos todos miembros de un mismo grupo. Y sacamos pecho ante el universo al ver la furia de Nadal sobre la arcilla parisina, como si de un Espartaco manacorí se tratase, o al presenciar a nuestros baloncestistas conquistar el cetro mundial con cualidades casi desaparecidas en el deporte de élite: amistad, compañerismo y espíritu de equipo.

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El domingo fue uno de esos días: un español bicampeón del mundo de F-1. El mejor en una competición donde lo español brilla por su ausencia y donde ha logrado coronarse sin más ayuda que la del coraje y la fe en uno mismo. Este triunfo se convierte en una hazaña por el mero hecho de que su protagonista sea oriundo de un país cainita llamado España, donde todo atisbo de sobresalir por encima de la mediocridad es sinónimo de declaración directa de guerra.

Sin embargo, las mieles del éxito siempre las quieren saborear todos, y los que antes se lanzaban al cuello se lanzan ahora en busca de la foto. Quizá Alonso sepa de lo que hablo y quizá por eso a veces sea un borde. Él es un gran deportista y se lo puede permitir, no por el mero hecho de serlo, sino porque sabe que todo el que le halaga ahora le condenará cuando la victoria se disipe. Entonces volverá a estar solo contra el mundo. Como tantos otros héroes españoles.

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