El Premio más justo de todos
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La concesión del Premio Príncipe de Asturias a la Selección de baloncesto no es oportunista, como pudiera haberlo parecido el año pasado cuando se dio a Alonso. Tampoco es chauvinista. Nadie tiene la culpa de que los mejores deportistas del mundo en los últimos años sean españoles. En este caso concreto tampoco es porque nuestros jugadores sean los mejores, que lo son, sino porque reúnen todos los valores que se requieren para ganar el Premio. Si sólo se recompensaran los títulos deportivos, ¡qué fácil sería! Se coge la lista de los campeones, se elige al más mediático y ya está. Pero el Premio obliga a presentar unas condiciones muy concretas al ganador, si bien es verdad que no siempre se han cumplido.
Esta vez sí. Esta vez la Selección ha tenido que afrontar terribles adversidades. Humanas y deportivas. Se fueron superando con generosidad, esfuerzo y solidaridad. La recompensa fue la victoria. Un ejemplo de cómo la conjunción de virtudes que ensalzan el deporte puede llevar al triunfo, de cómo la suma de todos y el trabajo en equipo permiten conquistar las cimas más altas. Cualquier selección que hubiera hecho lo mismo sería igualmente acreedora al Premio. Hemos tenido la suerte de que fuera la nuestra, la española, la protagonista de una bonita historia que perdurará a través de los tiempos. Por eso la concesión no es oportunista y refleja, además, el sentir, el orgullo, la emoción y el agradecimiento de todos los españoles.




