Todos acabamos exhaustos
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El baloncesto, cuando se pone serio, es un deporte tremendo, cruel, brutal, agotador. Si la sola tensión de cuarenta minutos de juego a máxima intensidad, que se convierten en dos horas de incertidumbre, es capaz de dejar exhausto al aficionado, cómo acabarán los jugadores, más bien gladiadores, tras el encuentro de ayer. Bloqueo, lanzamiento que no entra, rebote, salto, pase, carrera, bloqueo, tiempo que se acaba, tiro que entra, defensa, otro golpe... En veinte segundos podemos soltar todo un repertorio de exclamaciones: ¡uy! ¡bien! ¡ay! ¡vamos! ¡venga! ¡ahora! ¡eh! Cada veinte segundos pasa algo. Un minuto decide el partido. El corazón siempre en un pu al final acaba dolorido de soltar emociones sobre la mesa.
Estamos con España, porque la Selección nos sacude el alma. Inolvidable el rostro de Gasol. Desgarrado por el dolor se dispuso a lanzar dos tiros libres cuando Argentina más apretaba. Llevaba una cornada pero aún así quiso entrar a matar. Sus compañeros le llevaron las orejas a la enfermería. Es la España de Gasol, que ha desatado entre sus compañeros la rabia si después de dirigirles hasta las puertas de la gloria él no puede estar entre ellos para abrirlas. Pues esta rabia hará que no la abran. No, no la van a abrir, la van a derrumbar. Están conjurados para ganar sí o sí. A Gasol sólo le pueden ofrecer la victoria. Si no lo hicieran se les caería la cara de vergüenza. Y esto no lo van a permitir. Ellos son nada menos que la España de Gasol.




