Un adiós a las armas y una rara muerte
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Un Adiós a las Armas (A Farewell to Arms), cuya traducción española se afeitó en "Adiós a las Armas" es, según parece, la mejor novela de Ernest Hemingway, Premio Pulitzer 1953 y Premio Nobel 1954. No lo digo yo: lo dice Patrick Hemingway, el hijo más joven de Don Ernesto, y, a sus 77 años, el único vivo. Aunque jubilado, Pat aún hace trabajillos de turismo en Montana. A Pat le gusta el tenis y, como buen Hemingway, disfruta con el corazón candente de Rafa Nadal. Y un Adiós a las Armas, en versión de la generación de 1976 fue la final de 1.500 de Zaragoza.
Reyes Estévez, Redolat y Esteso, los tres del 76, sexto, séptimo y octavo, no perdieron exactamente contra Higuero, Gallardo y Casado, sino contra un enemigo más potente: el Tiempo. "El cura dice que no debemos atacar", dice un soldado a un oficial en la novela de Ernest Hemingway. "Esto es la guerra, y en la guerra se ataca, dejad al cura solo", responde el oficial, mientras el pobre sacerdote asiente con un gesto de impotencia. Si Estévez, Redolat y Esteso son realistas, quizá asuman que en el 1.500 español de 2006, su papel se parece al que Hemingway reserva a ese sacerdote: al menos, por lo visto ayer y al margen de resurrecciones milagrosas. Para quien no habrá resurrección, al menos de momento, es para Gianmario Roveraro, el primer italiano en saltar más de dos metros en altura (1956). Del Opus Dei, presidente del Banco Akros y vinculado a los líos de Parmalat, Roveraro fue secuestrado y asesinado en Parma. R. I. P.




