Un Tour de carne y hueso

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Vamos a intentar responder estas preguntas con sinceridad: ¿Alguien ha echado de menos a los expulsados Ivan Basso y Jan Ullrich en este Tour? ¿Y al jubilado Lance Armstrong? ¿Nos hemos aburrido o hemos disfrutado? Si ustedes han contestado como yo, quizá lleguemos a conclusiones similares. Siempre he pensado que el Tour es tan grande, que está por encima de los nombres. Y observen que digo nombres y no ciclistas, porque luego son los corredores, con sus gestas, quienes encumbran la carrera.
El bello desenlace de este Tour construyó sus cimientos la semana previa, cuando la organización presionó para desenmascarar a los implicados en la Operación Puerto. El Tour no quería un chorreo de nombres durante la carrera, sino cortar de raíz. Y aquellas traumáticas decisiones, que dejaron la imagen del ciclismo a la altura de una suela, fueron un paso atrás para luego pegar un gran salto. Este año no hemos visto ciclistas-máquina, sino hombres de carne y hueso que un día se hundían y al siguiente resucitaban. Los Pereiro, Landis, Sastre, Klöden, Rasmussen o Menchov nos han brindado un espectáculo más humano. Por eso nos ha calado más.



